Tu felicidad en mis manos

 

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Instituto de Medios Sociales. Llega el verano y con él esa necesidad imperiosa de exhibirnos en las redes sociales. Llega el verano y con él el momento de dejar de despertarnos con el despertador para hacerlo con Instagram. Llega el verano y, aunque tú no te lo creas, tengo tu felicidad en mis manos.

Ya nada tiene sentido si lo dejas para tus adentros ni si lo compartes con el cubito y el castillo de arena. Ya nada vale nada si no buscas la aprobación de cientos de ‘me gusta’ entregados compulsivamente por gente a la que le importas un pito. Ya nada te pesa más que el peso de las apariencias, donde la tonelada es lo que pareces y el kilito lo que lo eres.

Pero, claro, no es que yo sea un genio ni que me haya levantado inspirado esta mañana. Estas cositas del andar por casa ya le han parecido motivo de análisis a psicoanalistas como Gérard Bonnet, que considera que esa necesidad por la mirada del otro viene de la infancia, aunque lo peligroso de nuestra época –dice- es que estamos atrapados en una necesidad altanera de contarle al mundo que todo nos va de maravilla, aunque solo se trate de apariencias. Bonnet encuentra las causas en una baja autoestima, en la inseguridad y en la soledad extrema. ¡Quién sabe! O mejor, ¿para qué queremos saberlo si nos hemos acostumbrado a no pensar? Te digo más. No hace falta recurrir a teorías sesudas para encontrar explicaciones. La clave ya nos la dieron hace unos años Sonia y Selena. Nadie les hizo ni caso, pero ellas lo dejaron muy claro: “cuando llega el calor, los chicos se enamoran”.

Con una pamela en la cabeza y una palmera asombrándola se puede ser la mujer más feliz del mundo, aunque la primera sea de plástico y la segunda de boda. O al revés. ¡Qué más da! Hemos convertido las cocinas en restaurantes y los pasillos en pasarelas. Nos hemos puesto tantos filtros que estamos más morenos en diciembre que en agosto. Y hemos llegado a un punto en que ya no nos acordamos cómo se era feliz sin que alguien nos los recuerde en Instagram. Yo a veces, solo a veces, me pregunto cómo se quedaría toda esa gente si supiera lo que realmente pensamos de ellos. Otras veces, si tengo el ánimo por debajo de las alfombras, me hago un selfie y me pasa como al perro ese que ni come ni deja comer.

José Sixto García