¿Somos adictos al móvil?

Instituto de Medios Sociales. He ido a tomar café con dos amigos. Llegaron de la mano. Hace tiempo que siempre se presentan así, como una pareja de esas empalagosas que solo se besan mientras tú les hablas. ¿A quién no le ha pasado esto alguna vez? Solo uno me saludó. Se sentaron enfrente de mí y siguieron sin soltarse de la mano. Se miraban en todo momento. Sonrían al verse. De vez en cuando se les escapaba una carcajada, ajenos a lo que pasaba a su alrededor. Parecían tener tanta complicidad que hasta daba reparo abrir la boca y poder romper ese momento de intimidad.

Se acariciaban. Uno tocaba al otro por todas partes. Sin censura, sin discreción, sin límites a su camaradería. Apenas levantaban la mirada y, cuando lo hacían, daba la sensación de que el simple vistazo podía entorpecer por unos segundos la idílica confianza que solo ellos podían entender y mantener avivada. Estuvimos tiempo sin hablar -entre nosotros quiero decir-; ellos no pararon de intercambiar tocamientos, sonrisas y múltiples expresiones faciales. Por un momento entendí que eso debía ser lo que llaman felicidad y de la que tantas veces había oído hablar.

Cuando mi café se enfrió decidí tomármelo. Su sobrecito de azúcar ni había sido abierto. No habían tenido tiempo de despegarse de las manos. Entre ellos hablaban de gente que yo casi ni conocía, de amigos en común y de la última tarde en un lugar que no conseguí identificar. Era un diálogo entre cómplices, con una jerga y unas coñas que solo ellos entendían, y que solo a ellos les hacían gracia. Se descojonaron y yo revolví el café.

Debían haber pasado quince o veinte minutos y ni esas eran las palabras que habíamos intercambiado. Uno de ellos dio señales de que aquello le cansaba, que tanto manosearse le había minguado las energías. Era como la crónica de un apagón anunciado. Como si a aquello, de repente, le quedasen pocos minutos y que su resistencia no le permitiría mantener la conversación por mucho más tiempo.

Se habían acabado sus caritas de risas, sus guiños, sus besos con el morro retorcido y sus soles advirtiendo un día de playa. También sus caras con una lágrima colgando. Me resigné a ser el segundo plato y mostré empatía cuando mi interlocutor me anunció lo esperado: su amigo se había muerto. No era grave, dijo, había muerto otras veces cuando se le acababa la batería. Me pidió un cargador para poder resucitarlo.

José Sixto García